No soy conservador: segundo ladrillo

Pasada el desahogo, volvamos al mes de que “por qué no soy conservador”. La nostalgia de la que hablo no es broma. Es un tema recurrente en la poesía y la he elegido para que ninguna susceptibilidad ideológica o sectaria se de, por ahora, por aludida.
Kathleen Raine nos deja pequeños brillos del paraíso perdido como castigo y reproche a Dios de que el amor no perdure en el tiempo. Entre otras cosas, porque, en este caso, muere el amado.
La nostalgia del paraíso por llegar podéis verlo en cada uno de los poetas comprometidos con el marxismo en el siglo pasado, entre otros.
Esta herida que llevamos todos de una forma o de otra puede que deje de sangrar, de doler, pero queda abierta, sin cicatrizar el resto de nuestros días.
Sobre esa herida construimos compensaciones, quejas y renuncias. Ejecutamos injusticias y venganzas. Con ellas buscamos en los astros, en los placeres, en dioses, en partidos o en lo que queda del amor el consuelo para poder seguir viviendo.
Es más lo que queda por hacer que lo hecho, para los progres. Es más lo perdido que lo que vivimos, para los conservadores.
Ahora, vivir en el mejor de los mundos posibles, a pesar de lo que vemos y entendemos en el presente, es para todos estos o una claudicación a las fuerzas de la reacción o el pactar con la demagogia de izquierdas. Lo cierto es que estos dos grupos se han repartido el poder durante más de un siglo y aún no han asumido su parte de responsabilidad en el aumento de las lagunas de miseria que heredamos de la aplicación de sus formas de pensar en tanto estados en distintas formas políticas y con distintos grados de aplicación de sus principios.
Por otro lado, nadie a reconocido que sólo la voluntad personal y el trabajo en equipos concretos ha elevado la calidad de vida de millones de seres humanos sin necesidad de militar en lugar alguno. Movimos por la curiosidad, por la libertad que da el poseer dinero, por la necesidad de ser reconocidos, por lo que sea la motivación, estas personas han podido hacer lo que cientos de miles de funcionarios de partido, Estados totalitarios con todo el poder no han podido. Además, de sus éxitos no han deducido una especial relación con la divinidad o el estar inspirados por pertenecer a una clase social, a una raza o partido.

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