Forges y Galli

No es cuestión de líneas. Se está apoyando UNA forma de interpretar una norma. La línea que sigue Forges (el sobrevalorado Forges) es la que quiere solidificar unos derechos, cuando menos, corporativistas.  No es neutral y lo sabe. No es una opinión que se aporta en un debate. Es el uso de un argumento falso que no aporta nada, que solo confiesa la posición de una persona. Esa posición personal se da en un momento crítico para la SGAE y el grupo progresista que ha avalado su gestión. Es una posición falsa en apoyo de una organización que ha amparado la segunda trama de corrupción más importante de nuestro país. Ante la pasividad o complicidad del gobierno, que ya se sabrá por cual se decantó Sinde, Forges no tiene otra posición que la de manipular la posición que, con argumentos sólidos y bien formados, ha puesto en descubierto los intereses creados y egoístas de un grupo de gestores corrompidos. No es justo. La ventana que el País le paga, sobrevalorando su genialidad, sin duda, no se puede usar para defender posiciones privadas, personales, sobre una cuestión donde están en juego derechos y libertades fundamentales. Tiene que contar toda la verdad. Tiene que decir que en nuestro sistema, por NO CREAR se está pagando en cada dispositivo que pueda albergar el almacenamiento digital de obras que, es muy probable, ni gestiona la SGAE y, como se ha conocido, su distribución, corrupción aparte, se mide por la inversión realizada por las discográficas, esto es, lo que unos pocos deciden que sea un superventas.
En el caso de la viñeta, todos sabemos que la cadena de valor del percebe o del tomate termina cuando defeca el comensal. El producto entra en el sistema público de desagüe. No es fácil comparar eso con la cadena de valor de la creación de obras intelectuales o artísticas. Por mucho que muchas de esas obras nos recuerden a las letrinas de un campamento de locas, su carácter inmaterial, hace que su reducción a un problema de formato de transmisión sea ridícula.
Además, el percebeiro no regala porque actúa todos los días, no puede digitalizar su producto, como no debería hacer un grupo de música. No regala porque no puede, su bien es perecedero por definición. Que se lo cuenten a los retretes de los mejores restaurantes.
Como el percebeiro, el músico tiene que salir, cantar, dar conciertos. No puede seguir viviendo de vender una única actuación controlada en un estudio. O quien lo hace, enlatar, sabe que lo hace perdiendo la verdadera esencia de la experiencia, la actuación en directo. El percebe valdría 100 veces menos enlatado que al natural. ¿Por qué no la música? ¿Por qué tienen que tener el mismo valor 10 canciones en vivo que un disco con arreglos que lo fortalecen como música de consumo? Eso es lo que no cuenta Forges. Los percebeiros no pueden “regalar” porque su producto no valdría lo mismo enlatado, les compensa venderlo al natural. El día que no compense, montarán una SGAE para distribuir el percebe enlatado. Ya se hace con el caviar, ya no hay esturiones salvajes. El último caviar de esturión virgen se comió en un restaurante de Nueva York en el 2009. ¿Alguien podrá pensar en crear una sociedad de gestión de derechos del esturión en piscifactorías que pusiera su valor en el nivel que quieran sus productores, al mismo nivel de precio que el virgen? Eso sería oligopolio por el lado de la oferta y eso va en contra de las leyes de mercado libre. Por eso las discográficas han utilizado a la SGAE: es la única que no puede ser acusada de llegar a acuerdos para ofrecer el mismo precio por el mismo producto, repartiéndose entre pocos el mercado. De eso se encarga la SGAE. Si cada sector creara una sociedad que gestionará los derechos de Autor de su sector, estaríamos en las relaciones jurídicas de la Edad Media, la basada en oligopolios por ciudad, profesión o sector. Es una opción, seguro, pero no parece la mejor para mover la economía basada en el valor no en el mérito medido por terceras personas ajenas a la transacción y que están de parte de los que crean la norma arbitraria.
La SGAE pretende poner un precio mínimo se demande o no el producto, pretende ofrecer un producto no querido para conseguir otro deseado al precio de los dos y sumando lo cobrado por adelantado en cada soporte. No sé cómo no se puede ver lo arbitrario e injusto de todo ello. Lo único que ahora pasa es que hay medios para reventar cualquier oligopolio por parte de la oferta sí estamos ante medios digitales. Como eso no se puede sostener por parte de las discográficas, la respuesta ha sido una ley que asegura esa oferta antes de que se compre ese producto. Ya no sólo es arbitrario e injusto. Se convierte en ley esa injusticia y arbitrariedad. Vivimos en un sistema legal injusto y no hay peor descalificación si vivimos en un supuesto Estado de Derecho.

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